Capítulo II

Leche para la cena

Urunesti y la granja de Fernandel

En casa siempre hay muchas cosas que hacer.

—Bueno, no importa —dice tu madre, sin dejar de moverse por la cocina—. ¿Me haces un favor? Ve a la granja a por un poco de leche. La necesito para la cena de esta noche. Está al norte: cruza el puente y verás a Fernandel.

Antes de que salgas por la puerta añade, como quien recuerda algo importante, que lleves la cuenta de tus encargos. Es como una libreta de apuntes, dice. Así no olvidas lo que tienes que hacer. (Los viajeros de otros mundos la llaman lista de misiones y la abren con Alt+U.)

La granja

Fernandel te recibe entre cubos y gallinas, de bastante mal humor.

—La ayuda de Arsinoe, nuestra capital, nunca llega a tiempo —se queja—. ¡Estoy perdiendo dinero produciendo toda esta leche!

Es la primera vez que oyes a alguien hablar así de la capital. No será la última.

Tu madre ya le había avisado, así que te señala a su única compañía de verdad: Margaret, una vaca de mirada sabia y carácter difícil. Ordeñarla no es tan fácil como parece. A veces la leche cae en el cubo. A veces la vaca te demuestra cierta animosidad. Pero tarde o temprano lo consigues, y vuelves a casa con el cubo lleno.

Sueños extraños

—¡Perfecto! —dice tu madre—. Voy a preparar la cena. Sube a tu cuarto a descansar un poco. Tu hermana Anna ya está arriba.

La hermana Anna no está descansando. Está preocupada.

—Los novatos están teniendo sueños extraños —te cuenta en voz baja—. En el templo hablan de grandes cambios en el universo.

Piensas en el santuario de lava. En el abanico negro. No dices nada.

Tu cama está junto a la ventana. Todavía no estás cansado… hasta que, de pronto, lo estás. El cansancio te vence de golpe y caes en un sueño profundo, y las visiones vuelven, una detrás de otra, como en una pesadilla.

Una espiral de luz te arrastra.

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