El Umbral de las Almas
Santuario de la MuerteNo hay cielo en el Umbral de las Almas. Solo un resplandor rojo que sube desde abajo, desde un mar de roca fundida que respira como un animal dormido, y un camino de piedra que se adentra en él hasta un santuario que nadie construyó.
Abres los ojos sobre esa piedra. No recuerdas haber cerrado los tuyos.
Las llamas de los braseros no dan calor. El aire huele a ceniza y a algo más antiguo que la ceniza. Al fondo, bajo un trono de hueso y alas, alguien te espera desde hace mucho tiempo: una figura envuelta en un manto gris, el rostro oculto tras un abanico negro bordado en oro.
—Pronto tu alma será mía…
La voz no viene de ningún sitio. Viene de todas partes.
—Pero antes… elige cómo quieres vivir tu leyenda.
Es el Dios de la Muerte, y no tiene prisa. Él ha visto nacer y morir a todos los héroes de Midgard. Sabe que volverá a verte. Siempre nos volvemos a ver, dirá más tarde. Pero esta vez, por razones que no explica, te concede algo que no concede a nadie: un camino.
El primero lleva a Arsinoe, un continente lejano que se derrumba en silencio. Allí despertarás como uno más, en una aldea junto al mar, sin saber todavía lo que eres. Es el camino largo. Es el único que guarda ciertos secretos… y ciertos premios para quien lo recorra hasta el final.
El segundo lleva a Trinity, la gran ciudad de Rune-Midgard. Es el camino de siempre: la espada, el monstruo, la recompensa. Nadie te contará profecías. Nadie te las exigirá.
—Tómate tu tiempo —dice la Muerte, y por un instante parece sonreír detrás del abanico—. Pero no me hagas esperar una eternidad.
Este libro sigue el primero de los dos caminos.